En la primavera de 1893, Jablonec recibió dos noticias: en el marco de una modesta ceremonia, se inauguró el nuevo hospital distrital, que en ese momento contaba con ciento treinta camas y varios pabellones, y se situaba entre los mejor equipados de Bohemia, y la ciudad recibió un valioso aporte en forma de siete hermanas borromeas, pertenecientes a la congregación de las Hermanas de la Caridad de San Carlos Borromeo, que se encargaron de atender a los enfermos en el recién construido hospital y sirvieron allí durante más de cincuenta años.
La llegada de las hermanas borromeas a Jablonec fue precedida por negociaciones sobre las condiciones de su servicio, que posteriormente dieron lugar a la firma de un contrato entre la ciudad y la congregación; cada hermana no debía recibir más de 60 coronas al año por su trabajo, tenía derecho a un alojamiento muy sencillo, comida y ropa limpia. El personal también estaba compuesto por médicos, un portero con un salario anual de 300 coronas, tres hermanos sanitarios, tres enfermeras jóvenes, dos sirvientas y otros tres ayudantes. En el primer año de funcionamiento, el hospital atendió a 1400 pacientes. En 1897, se incorporaron otras dos hermanas borromeas, además del resto del personal. Ese mismo año, la hermana Benedicta Brinz obtuvo un puesto definitivo como superiora. Esto ocurrió después de que la hermana Regina Basel, que era la superiora provisional, renunciara a su cargo por propia voluntad.
El hospital distrital no era solo un lugar de trabajo para las hermanas borromeas, sino también un lugar donde se celebraba la misa. El vicario de Jablonec, el padre Gustav Kügler, recibió en abril de 1893 permiso del consistorio episcopal para bendecir la capilla del hospital. El altar no debía ser especialmente pesado, debido al portatiles móvil. A petición del vicario, a menudo se celebraba la liturgia de la palabra en la capilla. La misa se celebraba como mínimo una vez por semana (incluso durante las vacaciones de verano).
En conclusión, a los lectores de este artículo descriptivo seguramente se les ocurre la idea: "Bueno, ¿y qué?". Las hermanas borromeas ya no están sirviendo en Jablonec... Por mi parte, creo que una perspectiva adecuada para facilitar la comprensión de este texto es la gratitud. Gratitud por el servicio y los sacrificios de las hermanas. Quién sabe? Quizás gracias a ellas, nuestro bisabuelo, al que su nervioso caballo le dio un patada en la cara, pasó a la eternidad no solo atendido, sino también en paz con Dios.
Sabina Dočekalová